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Vinos míticos y sus leyendas

El experto en vinos José Peñín afirma que:

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Vega Sicilia es el ejemplo más claro de un vino legendario.

Luis Herrero, propietario de la finca en 1914, un ‘bon vivant’ y cazador empedernido en safaris en África, aporta una dosis de glamour al negocio.

Utiliza las botellas de Vega Sicilia (marca que nace en 1915) no como producto comercial sino como herramienta social. El vino no se vende, solo lo regala a sus clientes de otros negocios de metalurgia que poseía. Su introductor en la alta sociedad española, cuya plaza mayor era la Sociedad de Tiro de Pichón, fue el Marqués de Riscal, don Camilo Hurtado de Amezaga.

Quien quisiera una botella de este vino necesariamente tendría que ser amigo, socio o cliente. Nunca en España había nacido una bodega para estos fines. El vino no se vende, hasta que en los años Cincuenta del pasado siglo se crea un pequeño círculo de clientes, hermético y de elección arbitraria y que se traslada al comercio solo a través de la restauración. Es a partir de los Setenta cuando comienzan a aparecer tímidamente algunas botellas en el mercado público que, en su mayor parte, se exhibían pero que pocas veces se bebían.

Así nacería un mito de una bodega que solo fue rentable con la entrada de los actuales propietarios, los Álvarez.”

En la actualidad, nuestro más afamado y perspicaz bodeguero es Álvaro Palacios, cuyas raíces proceden de una familia con bodega en la Rioja.

Tras formarse en enología en Francia, creo haber leído que tuvo discrepancias familiares respecto a la visión y enfoque a darle al vino y por eso buscó un lugar alternativo en el que crear el suyo propio. En el priorato encontró terreno y viñedos que revitalizó y a los que dio fama mundial gracias a la elaboración de grandes vinos como son L’hermita, Finca Dofi y les Terrasses, con la ayuda de algún sorprendente éxito en ciertas subastas de vinos de Sotheby’s en las que compradores anónimos pagaron sumas desorbitadas por vinos todavía poco conocidos, pero que gracias a eso empezaron a llamar la atención. También cuentan las malas lenguas que los compradores desconocidos eran compradores amigos y que todo era producto de una acción de marketing orquestada.

Ojalá haya sido así, le da romanticismo y viene a demostrar que los emprendedores tienen que ser rompedores y muy creativos para lograr llamar la atención.

En Ribera del Duero, Peter Sisseck, un danés pegó el gran salto a la fama cuando los comerciantes británicos de Corney & Barrow presentaron unas muestras de barrica de un vino nuevo y desconocido a Robert Parker. El gurú de la crítica norteamericana dijo de aquel vino, que era Pingus, algo así como que era “el mejor vino tinto nuevo que he probado jamás”.

Eso contribuyó a que el vino entrase en una espiral de precios especulativa que hizo que Pingus se convirtiera en objeto de culto, y como tal, uno de los vinos más buscados, deseados, envidiados y codiciados del planeta, a lo que ayudó que su producción era y es limitada.

Otro factor que contribuyó a formar la leyenda de Pingus fue el hecho de que la mayor parte de las botellas del 95 destinadas al mercado norteamericano y la totalidad de las de Flor de Pingus, se hundieron en el barco que las transportaba, junto a otros importantes cargamentos de otras bodegas europeas. Si Pingus ya es de por sí escaso, unas 4.000 botellas al año, la añada del 95 es mucho más escasa ya que gran parte de ella reposa en las profundidades marinas cerca de las islas Azores.

Pero según explica el gran experto en vinos José Peñín, lo que realmente logra elevar a esos vinos a la categoría de mitos es que de un buen producto, se haga cargo de la comercialización, un buen marchante de vinos:

“…Jean-Luc Thunevin, que además era negociante en Saint Emilión y amigo de Peter Sissek, se interesó por los vinos de este para venderlos en exclusiva mundial.

Como es de rigor entre los negociants, nadie puede comprar vino en los châteaux sin pasar por ellos. Más tarde, a través de Peter, conoció a Álvaro Palacios y le hizo la misma propuesta con L´Ermita.

Ambos bodegueros españoles vendían sus respectivos vinos a Thunevin a un precio -que en el caso de Pingus no sobrepasaba los 40 euros- que después multiplicaba por cinco a sabiendas que por la escasa producción –apenas 3.000 botellas- las ventas estaban aseguradas.

Ya en los últimos años sigue existiendo una desproporción entre lo que factura la bodega –estimo que no más de 150 euros por botella- y el precio final que cito más abajo (990 € L´Ermita, 500 € Pingus).

Este fenómeno se ha trasladado a los vinos que los Palacios elaboran en el Bierzo, si bien La Faraona (770 €) tiene una producción mucho más pequeña en comparación con los primeros años de L´Ermita.

Por lo tanto solo estos dos vinos españoles son parangonables con los grandes mitos franceses cuyos precios dependen de la cotización en el mercado mundial.”

En resumen, que los grandes vinos míticos de España siguen siendo Vega Sicilia, L’ Ermita y Pingus, y en su pasado, los tres tienen una historia que ha contribuido a forjar su leyenda.

Vinos míticos

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